El masivo despliegue de rescate en la cordillera catamarqueña no solo deja al descubierto la inclemencia del clima en la alta montaña, sino también una profunda y repudiable irresponsabilidad comercial.
Resulta inaceptable que, contando con alertas meteorológicas emitidas en tiempo y forma por los organismos oficiales, un grupo de empresas de turismo tanto locales como de otras provincias haya decidido enviar a decenas de personas directamente al peligro. Priorizar la caja o el compromiso asumido por sobre la vida de los clientes no es un error de cálculo: es una negligencia gravísima que pone en riesgo a los viajeros.
Hoy, la prioridad absoluta es salvar vidas, pero el costo de esa imprudencia es inmenso. Cerca de doscientas personas, entre rescatistas, personal sanitario y fuerzas de seguridad, están arriesgando su propia integridad física bajo condiciones extremas de hielo, viento y nieve para subsanar la ambición desmedida de prestadores que prefirieron ignorar lo evidente. A esto se suma el enorme despliegue de maquinaria y recursos públicos que deben ser desviados para atender una emergencia absolutamente evitable.
Viajar a la montaña exige respeto, pero sobre todo exige ética profesional. Quienes venden un servicio turístico no solo cobran por un traslado o una excursión, sino que asumen el deber de cuidar a las personas a su cargo. Una vez que pase el mal momento y todos los turistas estén a salvo, no debe haber margen para el paño frío ni la complicidad: la investigación debe ir hasta las últimas consecuencias y aplicar sanciones ejemplares que sienten un precedente definitivo.
Quienes juegan con la vida humana por un puñado de pesos no pueden volver a operar jamás en el sector.
